Jugó en España, disputó el Nacional B con Ferro y se terminó radicando en General Pico: Un repaso de la carrera del “Ruso” Fernández

Jugó en España, disputó el Nacional B con Ferro y se terminó radicando en General Pico: Un repaso de la carrera del “Ruso” Fernández
11 Mayo, 2020 a las 09:53 hs.

  • A los 14 años Rubén Ángel Fernández llevó su fútbol a Newell’s, jugó en Celta de Vigo y a su regreso en varios equipos más.
  • Vistió la camiseta “Verdolaga” y se terminó quedando en General Pico.
  • A los 27, debió abandonar el fútbol por una lesión.

Cuando aquella mañana el cartero trajo la carta de Newell’s Old Boys ofreciéndole una prueba, “Cuchi”, el rubio cargado de potencia física, no dudó un instante, armó su bolso y trepó al tren en Chaco que después de muchas horas de traqueteo lo dejaría en Rosario.

Nacido en Sylvina Sylvina, fue charatense por adopción ya que vivió en Charata desde muy chico y tras un paso por Ferro de General Pico ahora vive en la ciudad.

Con el viaje, atrás quedaban su debut en primera con 14 años en Libertad, más un par de partidos en Cooperativista y largas noches con “la junta” del barrio en la esquina de Las Heras y Suipacha (a una cuadra del Hércules), frente a la canchita armada a medida.

En ése espacio de 20 x 40, “Cuchi blanco” se destacaba por sobre el resto. Ya siendo profesional y durante una entrevista tiró su máxima: “Persevera y triunfarás”, axioma que quedó en desuso cuando a los 27 años una lesión de ligamentos cruzados lo marginó definitivamente de las canchas.

Ni su naturaleza privilegiada pudo con la recuperación de esa pierna que lo había llevado hasta el fútbol europeo.

A 32 años de su retiro es preciso rememorar aquéllas épocas de gloria.

En Newell’s. Arriba: Juan Simón, Ricardo DeMagistris y “Tolo” Gallego. Abajo: Rubén Fernández y Roque Alfaro.

-¿Dónde arranca la ilusión para llegar a ser jugador de fútbol?

-“Con los Juegos Evita, el “Gallego” Fernández (entrenador) armó un equipo que llegó hasta Resistencia. Después fiché para Libertad donde compartimos una tercera que jugaba la preliminar de Primera. Con 14 años debuté en Primera, aunque por las siestas seguía jugando en la canchita que habíamos armado en la esquina. Siempre lo cuento, no conozco chicos que con tan poca edad talaran un monte para poder jugar. En ése montecito destroncamos un mistol, el palo borracho, un algarrobo y varios quebrachos blancos. Cada uno llevaba su propia pala y el hacha guiados por “Pocholo” Vázquez, un vecino que había jugado en Juventud Unida. Recuerdo esperar ansioso el martes para pedir prestado la “Goles”, que la compraba un vecino del barrio que había sido arquero. Juro que yo me veía jugando dentro de esa revista”.

-¿Cuánto de difícil era ganarse un lugar entre tantos pibes que llevaban años de inferiores?

-“Desconocía que en Rosario eran miles de chicos buscando lo mismo. Recuerdo después de una práctica estar sentado en el césped cuando el DT pregunta si había algún wing que se anime a jugar por izquierda. Como yo era el único zurdo y me tenía una fe bárbara, levanto mi manito, pero el tipo me ignoró llamando a otro que jamás había jugado en el puesto. Injusticias como esas hubo siempre y sin fortaleza mental terminás abandonando. El mismo tipo que me había ninguneado después me dirigió en Primera local y me adulaba. La gente no sabe, llegar a Primera y mantenerse no es para cualquiera, en mi paso por ‘Ñuls’ he visto extraordinarios jugadores, pero sólo unos pocos llegamos. Con talento sólo no alcanza, en Rosario he visto muchos talentosos que sólo jugaban por ratos, el ser profesional requiere más cosas. Desde que llegué a Rosario me propuse triunfar ya que sabía que podía terminar acarreando baldes de albañil. La gente ve al jugador el domingo y cree que todo le fue fácil, no saben la que tuvimos que pasar. Si llegamos, nos encontramos con plata que jamás imaginamos tener. Y si no estás bien, fuiste. Por suerte lo supe invertir y hoy vivo sin sobresaltos”.

-¿Juega también el azar en la vida del deportista?

-“Podés tener sobradas condiciones, pero hay que creer en el azar. Una vez estaba haciendo un “loco” al costado de la cancha donde jugaban los profesionales y a 15 minutos de terminar la práctica se lesiona el suplente de (Héctor) Yazalde, que estaba haciendo de titular ya que Yazalde también estaba lesionado. Luis Cubillas (DT) me ve cerca de él y me manda a la cancha para completar. Dos goles hice en ese cuarto de tiempo y entonces me convocó para viajar a Buenos Aires contra Platense, aunque al banco. Al miércoles siguiente fui titular frente a Racing en la noche que (Agustín) Cejas, su arquero histórico, se quebró la pierna en un choque y dejó el fútbol. Era 1980 cuando fuimos campeones con la reserva. Sin embargo, el azar no estuvo a mi favor cuando la Selección juvenil que salió campeón del ‘79 tenía que jugar en Villa María (amistoso) y llamaron por Central a Daniel Sperandío y a otro jugador y por Newell’s solo a mí. Aquella vez en la zona llovió tres días seguidos y el partido no se jugó, por lo tanto, no pude mostrarme. Menotti me conocía de cuando la Selección mayor del ‘78 le tocó jugar en Rosario y los juveniles de Griffa hacíamos partido con los suplentes que no habían entrado”.

-¿Qué fue Bernardo Griffa en tu vida?

-“Uno de los mejores seleccionadores de Argentina, un sabio que una vez por semana nos juntaba para trabajar, lo cual era un honor ya que elegía a los que potencialmente llegaríamos. Los jueves nos hacía jugar con la Primera, mezclando categorías. Era su método para que llegáramos más rápido a debutar. Siempre iba de frente, si no servías, aunque te duela, te decía que no pierdas tiempo. En el club había colocado una horca donde enseñaba a cabecear, practiqué tanto allí hasta que salí número 9.

Eran tiempos de jugar con tres delanteros y con mi 1.75mts. le disputaba el salto a cualquiera. Una vez Ártico (número 6 de Estudiantes) durante un salto me rompió el tabique para sacarme de la cancha y terminé jugando con la cara a la miseria. Ártico fue un ‘malaleche’ aunque reconozco que todos los clubes teníamos algún animalito, nuestro defensor era el “caballo” (Daniel) Killer, que había salido campeón del mundo en el ’78, que cuando te cruzaba te partía al medio. El primer año entrené con la cuarta división y sólo jugaba amistosos en los pueblos cercanos, hasta que me pasaron a cuarta especial y a los dos partidos me pasaron a Primera local.

En 1980 Montes (DT) nos llevó a Primera profesional a “Chaucha” Bianco, “Tata” Martino y Jorge Pautasso. Yazalde dejó el fútbol y yo lo sucedí en el puesto. Salimos terceros cuando el Boca de Maradona fue campeón. En el ‘82 fui a España para jugar dos temporadas en el Celta de Vigo. Anduve bien, pero descendimos y pude seguir en otro club de primera pero al no terminar la doble ciudadanía (sus abuelos eran españoles) pegué la vuelta. Una vez, jugando contra el Barcelona, el arquero me hizo penal pero mi compañero lo pateó afuera, ellos ya lo tenían a Maradona.”

-Y de vuelta en la Argentina ¿cómo siguió todo?

-“Regresé en 1984 cuando cerraba el libro de pases y terminé arreglando con Sarmiento de Junín en Primera B Metropolitana. En Sarmiento fui goleador con 16 goles y no fui más el chaqueño… ahora era el “Gallegol”. Cuando Sarmiento se entera que equipos de Primera me pretendían entonces compra mi pase haciendo uso de la opción. Era un ‘fangote’ de guita que jamás me pagaron y quedé libre por falta de pago. Tuve un paso fugaz por All Boys de La Pampa, después ya en el ‘85 fui a Belgrano de Paraná en un Regional, clasificatorio para el Nacional B, que perdimos la final del ascenso con Belgrano de Córdoba. De ahí a Deportivo Morón donde hice 9 goles en 16 partidos. Por último a Ferro de General Pico (Nacional B, temporada 86/87) donde marqué 17 goles y dos se los hice a For Ever en La Pampa. Por último arreglé con Cipolletti, donde me lesioné y por más que intenté recuperarme jamás pude, me rompí los cruzados de la pierna izquierda en una época que era difícil recuperarse.

“Cuchi” prescindía de todo virtuosismo. Muy inteligente, iba por fuera de los cánones comunes del fútbol. Con la pelota era muy práctico, sabedor de su potencia siempre la tiraba larga, ésa rapidez lo dejó en Primera División con sólo 14 años. Son recordados los córners con pelotas pesadas que las hacía llegar hasta el segundo palo.

En la escuela, menos dentro del aula, siempre primero en todo; en carreras de embolsados o trepando el palo enjabonado de las fiestas patrias. En las escapadas a la represa de la usina fue quien más lejos zambullía, como si alguien le hubiera enseñado. Entre nosotros fantaseábamos a ser algún crack, uno del grupo decía ser Héctor Yazalde (Independiente) y por ésas cosas del destino fue “Cuchi” quien un día le sucediera…casi nada. Hoy vive en General Pico, disfrutando de su pasión (la caza mayor) y algunos momentos en el club Ferro, donde integra la comisión directiva. No regresó jamás a Charata porque sus padres y hermanas se trasladaron a Resistencia.

Charata ya no es pueblo, tampoco está la canchita, y cuando vuelvo por el barrio lo percibo como si durmiera una siesta eterna.

Aquél zurdo cuando trepó el tren, sin proponérselo, metió en su bolso la ilusión de todos los que en calurosas siestas se divertían jugando descalzos. Con “Cuchi” instalado en Rosario, el salir a jugar a la pelota se fue dispersando. Ahora él metía goles, pero en las grandes canchas.

Sin embargo, los que allá habíamos quedado con eso ya estábamos hechos.

Fuente: Cacho Leguizamón para Diario Norte.