Hay veces que la historia no la escriben los que ganan. En ocasiones, la carga simbólica de un derrotado es mayor a la del ganador.

El deporte fomenta la figura del héroe, del hazañoso, del invencible. Existe una atracción irresistible hacia todo esfuerzo o talento que parece sobrepasar los límites humanos. Son los dioses posmodernos en la era del espectáculo. Se produce un gran encanto, que en algún momento se rompe, porque la perfección no existe y la imbatibilidad es una quimera. Cuando se quiebra ese hechizo, la decepción o la frustración son fugaces. Al héroe se lo pasa a aceptar y querer por humano y vulnerable. Se hace más próximo por su condición de terrenal. Es como si se completara un inexorable ciclo evolutivo. 

El último fin de semana, el deporte humanizó un par de mitos. Contador jubiló a Armstrong, siete veces campeón del Tour de Francia, que volvió a la alta competencia después de un paréntesis de cuatro años. Aunque parezca contradictorio, esta lógica declinación (está cerca de cumplir 38 años) beneficia la imagen del norteamericano. Había un perfil robótico en él, apenas dotado de cierta sensibilidad por su lucha para derrotar al cáncer. Vencido hace 48 horas en la montaña, fue hidalgo al admitir su nueva situación: "Ahora ya se sabe quién es el mejor corredor del mundo [en alusión a Contador]. Sólo me que queda trabajar para que él [es su compañero de equipo] gane el Tour". 

En Turnberry, el golf recordó que los 59 años de Tom Watson pueden ser muchos cuando en el hoyo 18 de la última vuelta erró un putt de dos metros que lo privó de una gloria que era un desafío a los calendarios. El veterano Tom no habrá agregado la sexta jarra a su repisa, pero redescubrió el afecto y el reconocimiento de miles de aficionados. 

¿Acaso Federer no se ganó ahora un lugar más amplio en el corazón de la gente que en la época en que parecía indestructible? Se empezó a mostrar humano cuando perdió con Nadal en Wimbledon y lloró en los vestuarios. Más de carne y hueso fue su esencia cuando ya no pudo evitar el llanto en público, en la premiación tras la final que Nadal le ganó en Australia. Emocionó a los aficionados como nunca, y en los últimos meses volvió a triunfar como siempre. Una combinación ideal. 

¿Hay algo que haya engrandecido el récord de siete títulos de F1 que obtuvo Schumacher? Sí, que en los últimos años de su carrera haya luchado con orgullo competitivo ante la aparición de un nuevo prodigio conductivo, Fernando Alonso, que llevó al alemán a un retiro con todos los honores. A los dioses deportivos también se los termina aceptando humanos.(La Nación)